sábado, 18 de abril de 2009

A los pies de la Diosa

Extracto de las Crónicas del Girku:


Yo esperaba lo peor. Vista la afrenta que acababa de hacerle sufrir, Mamitu tenía derecho a pedir reparación. Estaba perfectamente dispuesto a sufrir la ira de una sacerdotisa indignada.

Se acercó mi, se colocó a mi lado y, contra toda espera, colocó su delicada mano sobre mi brazo.

—Estoy triste Sa'am. Sabes, vengo de una gran distancia, y la lejanía me hizo darme cuenta de que estas prácticas son completamente injustas y yo añadiría incluso, que de otro tiempo. Espero que esto pueda, pronto, cambiar, pero desafortunadamente aún no es posible. No deseo obligarte a concederme tus favores y te concedo la libertad, si así lo deseas de verdad.

Dulce Mamitu, definitivamente, ella no era como otras. ¿Habrá sido su prolongado aislamiento sobre Uras [la Tierra] que la había vuelto así? Nunca una sacerdotisa habría aceptado liberar al varón que ella había elegido. Además de ser terriblemente exquisita, poseía una bondad de corazón muy notable.

—No tienes porqué disculparte, noble Nindiğir (sacerdotisa). Si pudiera, aceptaría tu oferta, ya que sería necesario estar loco para rechazarla. Tú eres la más tierna Nindiğir que mi creador y yo hayamos jamás encontrado. Pero no puedo acceder a tu petición por razones que no puedo revelarte. Debes saber, sin embargo, que beso tu nombre y me siento honrado plenamente por tu elección.

A estas palabras, Mamitu recuperó un poco de su naturaleza imperiosa. Con la mirada brillante, finalmente salpicada de kùsig [Oro], una ligera sonrisa se esbozó en la comisura de sus labios apenas maquillados, entrelazando lánguidamente sus dos brazos en torno a mí, susurrando.

—Eres muy misterioso Sa'am. Sólo estoy tranquila a medias. No es mi nombre el que desearía que besaras, tú también debes.

Yo estaba aturdido por su gracia y obstinación. ¡Con ambas cosas! Podía vivir con un beso, si tal fuera su deseo. En esta época, los Gina'abul [Reptilianos] no se besaban de la misma forma como sobre Uras. Cuando una sacerdotisa nos ordenaba besarla, no era en la boca, sino sobre sus pies. Sin duda alguna era otra manera de señalar nuestra sumisión ante el sexo femenino.

Respetuosamente me fui hacia abajo, bordeando la larga manga que le cubría sus muslos e hice frente a sus dos finos y delicados pies. Éstos brillaban ligeramente impregnados del mismo exótico perfume que yo no conocía. Antes de que haya podido darme cuenta, Mamitu se bajó precipitadamente, colocándose a mi nivel.

Nuestras dos caras estaban muy cercanas una de la otra, como nunca no lo habían estado antes. Sus hombros desnudos, brillaban también, y estaban asimismo sutilmente empapados del mismo perfume embriagador. Estaba completamente bajo la influencia de su belleza y ella lo sabía. La sacerdotisa aprovechó para fijarme su mirada profunda y brillante.

Teníamos los ojos más bien rojos, pero la planificadora los habían revestido magníficamente con cobre, con matices amarillos y verdes en el interior. Sin embargo, esto no era una excepción, ya que había observado que algunas de nuestras Nindiğir poseían ojos de un verde profundo. La atmósfera era extrañamente asfixiante, y casi caliente.

Mamitu colocó delicadamente sus labios sobre los míos y pasó furtivamente su lengua en mi boca. Completamente sorprendido por este inculto método, me pregunté si era necesario contener mi respiración. Una extraña sensación me recorrió el cuerpo, como si millares de hormigas circulasen por mis venas. Cuando ella me liberó de este extraño hábito, entorpecido, yo reconocí en mi boca, un sabor metálico asemejándose al kùsig, y también un gusto azucarado, completamente irreconocible.

Mis labios estaban pegados, no podía decir nada inteligible.

—Dime, ¿el interior de tu boca está perfumado?

Mamitu soltó una apasionada carcajada, casi molesta

—No es el interior de mi boca, joven Bûlug [Aprendiz], son mis labios impregnados de un sutil perfume de flor de Uras mezclado con polvo kùsig.

Observé furtivamente su boca glosada y observé que estaba, efectivamente esmaltada con un fino polvo del precioso metal. Mamitu me fijó los ojos y tomó un tono más serio al pasar su mano sobre mi cara.

—Encantado Am [Señor], tendré muchas cosas que enseñarte si aceptaras mi noble cama. [...] Guardaré mi Tûg-lamahus (prendas de vestir de pompa o gala) durante tres Ud (días), como lo quiere nuestra tradición, y después del tercer Ud (día), me presentaré ante ti en mi cama y honrarás a la Nindiğir (sacerdotisa) que soy, porque yo te elegí.

La sacerdotisa de Uras me hizo una amplia sonrisa, la primera desde el inicio de nuestra conversación. Lanzó una mirada sobre sus pies, justo sacados de los esponjosos cojines, y me invitó, con la mirada, a que los besara.

—Esta vez, tienes el derecho de besarme de esta forma.

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